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Publicado el 22 noviembre, 2010 | por Sandor

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Primeras impresiones: L.A. Noire

Año 1947. El anaranjado sol del atardecer cae sobre la ciudad de Los Ángeles. Miro por la ventana, y la abrasadora luz me castiga, dejándome ciego por unos instantes. Por un instante pienso lo apropiado de la situación, cuán fuerte brilla el sol de Los Ángeles, lleno de oportunidades, sueños, y una vida de desenfrenos que muchos desean para sí. Y cuanta gente, como yo, cae en su embrujo, se atreve a intentar siquiera mirarlo de frente… Para quemarse rápidamente, como Ícaro con sus alas de ilusión.

Mi vista se posa sobre mi escritorio, llena de dossieres dispersos a lo largo de toda la mesa. Todos los casos en los que había trabajado desde que volví de la Segunda Guerra Mundial.

– Ay, Cole Phelps. Quien te ha visto y quién te ve. De héroe condecorado, a policía sabueso… – Digo para mí, mientras me siento en mi silla. Una de las carpetas sobre la mesa me llama poderosamente la atención. Despreocupadamente, lo cojo, y comienzo a ojearlo. Rápidamente, me invaden los recuerdos de aquel día…

La prensa del momento se refirió al caso como “The Fallen Idol” (“El Ídolo Caído”). Uno de los primeros en los que había trabajado. Y jamás hubiera podido imaginar cómo podía retorcerse un caso rutinario de tráfico…

——

Mi día comenzó como de costumbre, en la sala de reuniones de la comisaría de policía de Los Ángeles. Era un recién llegado al departamento de Tráfico, y me tocaba lidiar con los casos que menos interesaban a mis compañeros. En esta ocasión me tocaría investigar un accidente acontecido cerca de la propia comisaría… Un par de mujeres que habían decidido pasar la noche empotrando su coche contra el cartel gigantesco de publicidad de Coca Cola.

– ¿Estás preparado, novato? – Stefan Bekowsky, mi compañero, me saludó con una sonrisa burlona.

– Vamos, amigo. Cuanto antes examinemos la escena, antes cerraremos el caso. – Le respondí con pesadez, mientras me colocaba mi sombrero y me encaminaba hacia el exterior.

Nada más salir de la comisaría, me volví a asombrar de los detalles que me ofrecía la ciudad de Los Ángeles. Sus calles llenas de vida, su arquitectura típica, las paredes repletas de anuncios de productos de moda en aquel momento, o de marcas prestigiosas. Me subí al coche patrulla y conduje hasta el descampado en cuestión… No tardé mucho en llegar, y aun menos tardé en ver a los curiosos que se acercaban, en busca del morbo de la desgracia ajena.

Tras aparcar el coche, me propuse hacer una investigación en detalle de la escena. Bajé hasta donde estaba el vehículo siniestrado, y comencé a rebuscar en el propio coche y alrededores alguna pista que me indicase que había sucedido hacía apenas unas horas. Un compañero me informó también de las identidades de las dos víctimas en el siniestro, la famosa actriz June Ballard, y una menor, Jessica Hamilton. La actriz había confesado que habían sido drogadas la noche anterior, y aun estaban bajo los efectos de los narcóticos.

Tras hablar con mi compañero, centré mi atención sobre el vehículo. Sobre el maletero del coche encontré el bolso de la menor, y dentro de él, una carta de sus preocupados padres, que la instaban a volver a casa cuanto antes. También me llamó la atención encontrar la ropa interior de la muchacha, totalmente desgarrada. El forense municipal me informó de que la había mandado analizar al laboratorio para ver si encontraba restos de semen. Aunque a la vista de las pruebas, estaba claro cuál iba a ser el resultado de dicha prueba…

El forense también me informó de una extraña prueba que había encontrado incrustada en el acelerador del coche: Una cabeza reducida africana de atrezo. Algo olía a chamusquina… Si realmente era un accidente, ¡No había ninguna necesidad en dejar apretado el acelerador con un peso!

Anoté toda esta información en mi libreta, una de mis herramientas más útiles. De esta manera, me aseguraba de no olvidarme de nada, y tener siempre a mano las pruebas del caso, los perfiles de los implicados, y mis deducciones más brillantes. Decidido, volví sobre mis pasos y me fui a la ambulancia cercana. En ella estaba la señora Ballard, notablemente indispuesta. Repasé mentalmente lo que había aprendido en la academia sobre cómo interrogar a los sospechosos…

Lo más importante era escuchar al interrogado, y no quitarle ojo de encima. Tenía tres maneras de enfocar lo que me dijera. Podría pensar que dice la verdad, e intentar sonsacarle algo más que pueda estar omitiendo. O por otro lado, podría atacarlo si creía que me estaba mintiendo, tirándome un farol y coaccionándolo para que me dijera la verdad, o directamente, mostrarle una prueba que lo pusiera en evidencia. Para saber que perspectiva usar en cada momento, tendría que guiarme por mi instinto y por los gestos del interrogado. ¿Sonrisas forzadas? ¿Desvíos de la mirada? Toda mueca y reacción eran indispensables para afrontar con éxito un interrogatorio.

Con cuidado, fui escogiendo mi línea de acción, viendo más allá de las mentiras que la señora Ballard me escupía a la cara. Rápidamente insistió en el nombre de Mark Bishop, un productor de cine que había prometido papeles protagonistas a la menor… Y no me costó mucho darme cuenta de qué era lo que pedía Mark a cambio de ese favor. Pero si Mark obtuvo lo que quiso, ¿Qué lo había movido a intentar acabar con la vida de las dos?

Demasiadas preguntas para un caso tan simple, a primera vista. El resto del caso fue bastante más movidito de lo que preví en un primer momento. Tras la visita de rigor al hospital para tomar declaración a la menor (Que sin ningún tipo de vergüenza reconoció el abuso sexual a cambio de un papel en la gran pantalla), pude encontrarme de nuevo con la señora Ballard. Tuve una corazonada, y la seguí por la ciudad, con cuidado de que no me descubriera. Esto me sirvió para descubrir la dirección de Bishop… Aunque al llegar allí, tan solo me encontré el lugar manga por hombro. Unos matones del marido de la señora Ballard habían llegado antes que yo, pero no habían encontrado al que se comenzaba a perfilar como uno de los hombres más buscados de Los Ángeles…

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Crímenes, investigación, interrogatorios, persecuciones, tiroteos y mucho, muchísimo cine negro es lo que nos espera en L.A. Noire, el nuevo juego de Rockstar que saldrá a la venta la próxima primavera. Un juego muy refinado y fuera de lo habitual que, sin dudas, dará mucho que hablar en los próximos meses.

El juego, aparte de su excelente trama, me llamó la atención por dos detalles principalmente. En primer lugar, su ritmo, pausado y diferente, combinando diferentes momentos de la historia de forma natural y sin imposiciones, sin que resulte demasiado brusco el paso entre una investigacion a un interrogatorio, o a un tiroteo entre vehículos. En segundo lugar, me llamó la atención el detalle de las caras de los personajes, que llega a un nivel realmente impresionante. Los chicos de Rockstar me contaron que es una de las peculiaridades de este título de la que están mas orgullosos, su tecnología llamada Motion Scan. Consiste en el escaneo continuo de las expresiones de los actores que ayudaron a crear a los personajes, de forma que pudieran pasar tal cual las caras y sus gestos a sus versiones poligonales. Un trabajo encomiable que seguro que os sorprenderá a todos cuando lo veáis en funcionamiento, y que resulta imprescindible para saber como afrontar los interrogatorios del juego.

Haceros un favor, y no caigáis en el error de pensar “Mira, un GTA más, pero en los años 50“. L.A. Noire es mucho más que eso, es toda una experiencia, y espero haberos transmitido parte de su encanto en este relato, basado en la demo que pudimos probar el pasado viernes. Fans del género policíaco y de las aventuras gráficas y de misterio, estad muy atentos a este juego… ¡Os aseguro que promete ser algo muy grande!

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