Crítica: ‘Dracula 3D’

Por Jose Mellinas

Cuenta la leyenda que después de brindarnos joyitas del calibre de Rojo oscuro, Tenebre, Inferno o Suspiria y de hacerse un hueco en la historia del fantástico, el maestro del terror Dario Argento desapareció sin dejar rastro. Años después, utilizando su nombre, se firmaron una serie de chapuzas a cada cual más lamentable: El jugador, La madre del mal o Giallo son algunos dramáticos ejemplos. Ahora, Dracula 3D es la estacada definitiva al corazón de los logros del autor italiano.

No es la primera vez que Argento adapta un personaje clásico del terror clásico. Hace quince años -y con más pena que gloria, todo sea dicho- presentaba su peculiar versión de El fantasma de la ópera. Para enfrentarse al mito de Bram Stoker ha rescatado similares patrones que fueron utilizados en dicho film: una dirección de arte seca y puramente de opereta, una banda sonora cuya prioridad absoluta es apoyar las cojas imágenes (allí Ennio Morricone, aquí Claudio Simonetti), un veterano de la serie B en lo más alto del reparto (allí Julian Sands, aquí Rutger Hauer) y, finalmente, el cuerpo desnudo de su hija Asia (allí 2D, aquí 3D). Como el lector avispado habrá comprobado, ‘Dracula 3D’ cuenta con mejor equipo, recursos y tecnología, pero nadie parece haber apreciado el conjunto y el resultado es tosco, torpe y vacío.

El guión de tal despropósito, escrito por Argento, Stefano Piani, Antonio Tentori y el mismísimo presidente del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo, parte sobre la historia que todos conocemos: en la Transilvania de 1893, el joven Jonathan Harker (Unax Ugalde) viaja al pueblo de Passo Borgo para empezar a trabajar para el Conde Drácula (Thomas Kretschmann, de lo mejor de la película). Estamos hablando del mismo punto de partida que amparó versiones como las de Tod Browning (1931) o Francis Ford Coppola (1992), ambas consideradas clásicos a día de hoy. Más allá del respeto al texto de Stoker, podríamos resumir Dracula 3D como un festín de colores demacrados, pelucas baratas, exhuberantes tetas y culos, interpretaciones apagadas, escenarios de cartón piedra, patéticos refuerzos de CGI y diálogos de risa que ponen en duda el intelecto del espectador: ¿estamos viendo una película porno editada o una parodia? Según Argento, la máxima prioridad es homenajear a la Hammer de los años 60. Pero la verdad, no está muy lejos de convertirse en una secuela italiana de la mítica Dracula: un muerto muy contento y feliz de Mel Brooks. Atención a esa gigantesca mantis religiosa que pulula por el metraje, modelada con el software de la primera PlayStation y que es uno de los puntos fuertes de esta comedia. Perdón. Película de terror.

Y luego está el 3D estereoscópico, el principal aliciente de esta adaptación, y cuyo uso se centra en dar profundidad a la historia de una forma jamás antes vista. Tiene el mérito de haber sido rodada de principio a fin en este formato y no convertida posteriormente. Pero ni eso la salva: el truco falla estrepitosamente, no termina nunca de potenciar el sistema y nos deja con un mal sabor de boca, y nos deja la sensación de que solo es una estrategia para venderse en el mercado internacional. Cierto es que en su día no necesitábamos gafas para aterrorizarnos con lo que un buen día escribió Bram Stoker: nos han deleitado maravillosos vampiros en dos dimensiones, tales como Bela Lugosi, Christopher Lee, y si nos ponemos detallistas, Max Shreck o Klaus Kinski.

Dracula 3D podría haber sido el resurgir de Dario Argento y convertirse, con el debido trabajo, en una distintiva adaptación del mito. Lamentablemente, el esfuerzo ha sido en vano, y el trabajo plasmado en la gran pantalla afirma una incómoda verdad: la de que el icónico director ha olvidado como funciona esto de la dirección. Una pena.

Lo mejor: El tándem Rutger Hauer / Thomas Kretschmann. La escena de la taberna, un soplo de diversión macarra.

Lo peor: Prácticamente TODO. Podría ser, perfectamente, el peor film de Dario Argento.

3/10